miércoles, 5 de agosto de 2015

Sobre la inmigración

Y es ahora, mientras veo los cuestionados 84 kilos de Andre Pierre Gignac, que me alegro de que un francés se unte de lo que es Latinoamérica. Que se de cuenta que aquí las cosas no son fáciles. Que aquí no sólo tienes que jugar al fútbol, tienes que sudar el fútbol. Puedes ser efectivo y hacer pases y uno que otro gol y ser guapo y todo lo demás. Pero si en el minuto 89 no corres un balón, de nada vale. O te barres o te vas.

Generalmente y por este tipo de situaciones, los escasos jugadores de renombre que han emigrado del viejo al nuevo continente, han durado muy poco. No rinden, no se adaptan, su estilo de juego no encaja.       

Uno de los casos más recientes en el ámbito nacional fue el de André Krul, el portero holandés que jugó 18 partidos en el Boyacá Chicó. Para su infortunio, tuvo que pasar luego al fútbol puertorriqueño, algo que ni siquiera está a la altura de la liga de Qatar. Pero como todo tiempo pasado fue mejor, fue por allá en las décadas de los cincuentas, sesentas y setentas cuando uno que otro jugador europeo militó en clubes colombianos. Sea esta la historia de Dragoslav Sekularac, un yugoslavo que jugó para los dos equipos de Bogotá, ganando una estrella con el azul.

Apartándose un poco de la historia, vamos a analizar lo que realmente nos interesa en este blog (si es que no lo han notado aún): la cultura que se vive alrededor de este tipo de situaciones. Las circunstancias por las que pasan estos jugadores y el por qué se puede contar con los dedos de la mano el número de “extranjeros” que han venido a jugar a Latinoamérica.

Todos sabemos lo costoso que puede llegar a ser el mantenimiento de un Messi. Sus médicos, su alimentación, su entrenamiento, sus caprichos, etc. Se supone que España sigue al borde de la quiebra, pero Cristiano Ronaldo recibe de quincena 708 mil euros. Eso son, mal contados, dos mil millones de pesos. Un día como hoy el portugués se hizo treinta millones de pesos. Eso es, según el Daily Mail, el salario promedio mensual de un jugador en Colombia.

Segundo, si va a recibir menos, de qué le sirve venirse si sus goles, sus jugadas, sus gambetas no van a tener tanto eco a como si las efectuara en el Parque de los Príncipes. A nadie del otro lado le vas a importar si estás acá. Seguramente habrá un pequeño separate sobre “Gignac sigue haciendo goles”. Y puede que Gignac esté haciendo tres veces más goles que cualquiera en Europa, pero nadie entenderá qué es Pachuca, o quién es Edwin Cardona.

Y tercero, como lo expliqué al principio, si optas por venirte a la tierra prometida, a ganar menos y a que te olviden en tu país, todavía te falta enfrentar el factor más difícil: la hinchada. El frenesí del fanático latinoamericano es exorbitante. Aquí te van a exigir por todo. Esto no es el Olimpo donde llegas en Ferraris o donde te puedes dar el lujo de jugar al mendigo futbolista en una plaza pública. Tampoco vas a aparecer en vallas enormes con un ostentoso reloj en tu muñeca. Pero te aseguro que habrá una recompensa descomunal que ni una isla griega te podrá arrebatar: el amor. Que coreen tu nombre, que te apoyen en los momentos de gloria y en los no tan buenos. Que cuando toques la grama sientas que el estadio se va a caer por el clamor hacia ti.

No es fácil llegar. Toma tiempo (y títulos). Pero ha de ser lo más satisfactorio que podría llegar a tener un jugador de fútbol.

Ojo, no estoy en contra de que los europeos vengan acá. Sería estupendo que México se convirtiera en el próximo Turquía, o que Brasil fuera el siguiente China. Y por qué no, que Colombia sea el destino de retiro de jugadores que jamás imagináramos vendrían. Pero para ello necesitamos dos cosas: que nuestros jugadores más ilustres dejen los guayos en el club de sus amores, donde se iniciaron, para mostrarle al mundo sus orígenes; y una buena administración tanto de los equipos como de la Dimayor para que cada vez las ganancias sean mayores y sea posible pagar esos 2 mil millones de pesos quincenales.


Los tres de reposición de la semana: el sábado todos atentos que debuta el campeón de la Premier League; WIN llegando a todos los operadores de televisión; James que ha hecho más goles que sus compañeros y en menos tiempo.

jueves, 23 de julio de 2015

Sobre las ciudades

Acabo de realizar un viaje a Europa que me dejó muchas preguntas y no logré encontrar la mitad de las respuestas.  A medida que el tren avanzaba, el paisaje cambiaba, los techos de las casas adoptaban un color distinto y los asomados a las ventanas adquirían una tonalidad diferente. Y claro, la cabina del tren se hacía más sofocante entre más nos dirigiéramos hacia el este.

El campo en cualquier rincón del planeta es igual y desigual a la vez. Si se toman veinte paisajes rurales de veinte países distintos díganme qué diferencia van a encontrar. ¿La montaña? ¿El cielo? Pero, ojo. Si miran más detalladamente encontrarán lo que de verdad vale en esta vida. Eso precisamente. Los detalles. El abrigo de algún local, lo desfasada que está la carretera, qué se yo, el radio, el año del calendario de chicas desnudas.

Pero este escenario siempre será  rutinario.
¿Mi sorpresa? Las ciudades. Aquellos lugares donde de verdad donde los contrastes se resaltan con firmeza, donde la idoneidad de un pueblo se erige como los altos edificios, donde se conjugan las singularidades y peculiaridades de una ciudad con el fin de enamorarlo a uno y querer volver siempre; todas estas características se están borrando como los letreros de las tiendas. Todas las ciudades (en Europa al menos) se están homogenizando, se están convirtiendo en una sola.

Como siempre, vienen las excepciones. Paris, Berlín, Londres, Venecia, Roma. Son ciudades que por mucha globalización que absorban siempre tendrán lo suyo. Y no hablo sólo del Tower Bridge, el puente Rialto, Parc des Princes, etc. Es algo en sus calles. Es la suciedad a la esquina. Es cómo sus habitantes fruncen el ceño.

Concentrémonos más en las ciudades intermedias. Estas son, por ejemplo, Stuttgart y Colonia en Alemania; Manchester y Glasgow en el Reino Unido; Amberes en Bélgica, entre otras. Todas cuentan con su imagen icónica, su postal famosa, el sitio donde todos se toman foto y la suben a las redes sociales con el nombre de la ciudad intercalando letras y espacios, algo así como para captar atención y darle énfasis al hecho de que ellos viajan y los demás no.

Pero, paren de contar. Si vas a Colonia encontrarás la catedral y la visitas y la ves desde el puente y te comes el currywurst y la cerveza y foto al instagram “C O L O G N E” y por que estás bebiendo algo distinto a Póker o a Club Colombia sientes ya la efervescente sangre germana por tus venas y campeones del mundo y yo siempre banqué a Götze y en definitiva, ya se te acabó todo. Puedes ir a los museos, pero al día siguiente cuando estés afanoso buscando en donde subir la siguiente foto ya se te habrá olvidado qué fueron las Cruzadas.

Pero, para de contar de nuevo, al día siguiente irás a otra ciudad que en vez de tener catedral tendrá algún otro ícono famoso que no importa cuándo lo construyeron sino dónde estará construido el H&M de la ciudad, porque en el H&M de Colonia no encontré la camisa que quería.

Catedral de Colonia
Y es a esto precisamente, a este tipo de tiendas (eh, tan anticapitalista burro) que estas ciudades que algún día fueron pueblos y algún día serán metrópolis, perdieron su esencia y lo único que conservan son recuerdos y la nostalgia de sus habitantes.

Cualquier ciudad de más de 100 mil habitantes a la que vayan, tendrá su calle comercial con su H&M y su McDonalds y la farmacia famosa y su tienda por departamentos y otras veinte tiendas que encontrarán regadas por todos lados.
Stuttgart. Al fondo, viñedos

O a lo mejor sea yo que esté yendo por los sitios equivocados. Porque claro, son en estas calles donde se concentra toda la población. Tanto los locales (que compran cantidades), como los turistas (que compran cantidades). Te desvías una cuadra y te topas con el cocinero tomando su descanso, nomás.

Y si les soy sincero, cada vez más me doy cuenta que la mejor forma de aprender sobre los otros sitios (porque esa es la idea de viajar, no jactarse de que mientras te tomas una birra frente al Louvre, en Bogotá hay mareas de basuras de nuevo) no averiguando qué arquitecto Juan Luis José Daniel Nicolás construyó en qué siglo ese edificio tan feo. Tienen que fijarse en la gente. Dónde comen, cómo comen, qué comen, si eso que comen si les funciona o es pura facha. Qué tanto hablan mientras comen. También pueden intentarlo con algo que no sea la comida, si quieren eh. Te subes al metro ¿Cuánta gente va leyendo? ¿Qué tanto hacen en sus celulares? ¿Cuándo se abren las puertas dejan salir y luego entran? ¿Se colan?

Ya, eso era todo. Una pequeña reflexión sobre las ciudades del primer mundo. Quizá eso sea un plus para nosotros los tercermundistas. Bogotá, Cali y Medellín no tienen absolutamente ningún parecido. Ni el Éxito, ni si quiera las rotas calles. Los huecos en cada ciudad tienen su acentuación propia.


Nota: cabe la aclaración de que gran parte de Colonia gracias al amigo Churchill fue hecha trozos. Sin embargo, las partes que sobrevivieron, fueron tomando poco a poco la misma imagen que las demás ciudades alemanas.


No hubo fútbol pero siempre están los tres de reposición de la semana (de los meses de ausencia): Memphis Depay, bienvenido próximo-a-ser-leyenda; la delantera del Atlético de Madrid, a Simeone le va a causar más dolores de cabeza saber a quién elegir entre esos cuatro fenómenos que el propio Real Madrid; no sólo la vuelta de Tévez, sino la de Saviola y Aimar. Siempre hay que estar agradecidos con quienes nos dan todo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

No es sobre

Había roto dos platillos. No fue su mejor sesión de ensayo. Hacía unos días que llevaba peleando con su novia; no cagaba bien y las resacas golpeaban tres veces más duros que el bombo que recién había afinado. Salió de la sala, llovía, ni día ni noche, clima de carros estancados y pitos, -me importa un culo, mejor a pie, hoy y siempre-. Era esa lluvia fuerte, que moja más. Pero moja menos que una barrida total de un charco por una camioneta, -mafioso hijo de puta-. Antes que bañarme, comer. Nevera, el jugo de siempre, la Coca Cola en el punto donde el gas es cero, el jamón serrano que trajo papá de Madrid en noviembre pasado. (Madrid? No fue Sevilla?). Es el retrato que te recuerda que eres fracasado y pobre. Hace décadas que no desquiciaba el reloj hasta hoy. –Siete minutos para el match, y secándome este pelo que no entiendo por qué todavía existe me demoro 4 minutos. No alcanzas-.

Ese era el día más indignante de la historia del deporte. Se iba a jugar un juego que nunca se debió jugar. Eran los 45 minutos que el panadero le había rebatado a la humanidad, a la gloria, a la pasión, al gol. Buenos Aires, la cancha;  más fríos que si Riquelme se hubiera movido a Brandsen 805. (Es 15 de junio, ¿no debería ser obvio?).
–Agh la previa–. En la pantalla, Despegar a Cartagena. En la pared, un inglés de juego elegante, guapo. –Es sólo un tiempo igual, me baño cuando termine, sólo espero que esta vez cuando salga del baño no vea a 5 rayados llorando–.  “El partido en marcha” dijo Closs, esta vez más extraviado y taciturno. El twitter no daba más. “No lo veo”, “lpqtp Argentina, Conmebol y AFA!”, “increíble cómo los jugadores de River aceptan jugar semejante barbaridad”, “a qué horas llegan los pasteles, panadero?”. El primero, el del disidente; el segundo, el del desairado; número tres para el periodista inconforme; el cuarto, el inmaduro. Adivinen cuál faveo yo.

Gol, atajada, offside, córner, gol (me suena a Ramirazo), contra, contra, gol.

-Me cago en todo-
Se quitaba la camiseta, los pantalones, ¿por qué no los calzones de una vez? ¿Quién te va a ver?
–Me cago hasta en ti, narrador miserable-
Pues mira la hora en la que te estás bañando bobo, ya te va a dar gripa igual

En cualquier otra narración, encontrarán que el personaje subirá a una terraza a fumarse un pucho. Pues en esta baja a fumarse un pucho. Qué mal que el portero no sepa de fútbol. -¿De qué sufrirá este viejo? ¿Sufrirá? Igual en este instante estoy sufriendo es de cualquier otra cosa menos del balón-.

De repente, ese viento frío y plácido arrastró las nubes y ahí estaba el punto. Tanto serpenteo lo había alejado de su verdadera consternación. Hace unos meses se la había dedicado y podría ver toda la constelación de este mundo y del otro, pero siempre estaba ese punto, que generalmente aparecía a las 6:15 de la tarde. -Apareces temprano para que en situaciones de disconfort y discrepancia como hoy mi padecimiento sea mayor. Algo no anda bien en mi vida. El que escribió mi libro del destino era analfabeta.-

Escribir o no escribir. Esa es la cuestión en tiempos modernos. ¿Quiñones? Con la jermu. ¿Ferro? Sigue en el Nacional. –No, el enamorado-. Ah, ese. Pues, enamorándose.

-Si hubiera publicado esa nota a tiempo tendría los noise-cancelling. Cancelaría la algarabía. La externa y la interna.- Ya no sabe cuál es peor. Cuál aterra más. Cuál es más perjudicial.

Los platillos, los rotos y los enteros, se secaban en el hall del primer piso. Tantos pensamientos no le habían dejando un solo espacio en su apartamento.

La necesito ya. Me ando cagando en todo y ahora la cagué. Ahora perdió Boca. Ahora perdí yo.

-Escribir. Le musitó el portero a la televisión-.
-Debe ser la falta de gol la que tiene a este jovie así-
-Una nota. Simple y breve. El único mensaje que ha de quedar claro es que todo era por el bien de ambos. Para hacerla más feliz a ella. Y en una servilleta. Evidencia desesperación-.
-¿Más?-
-Nunca hace falta-

La mesa, bañada en tinto color caramelo. Podría llevar unas 3 horas y no se había secado.

-Esta bien. No aguanto más. La impaciencia me arrebató todo. La amo. Le escribiré-


–Pero no sobre los platillos. Están rotos, desadaptado–

miércoles, 6 de mayo de 2015

Sobre él

El día de hoy algo ocurrió que hizo que cambiara el tema de la entrada. Muy juicioso había empezado a escribir sobre qué se yo esta mañana. Pero pasada la tarde, Dios, su hijo y el espíritu santo todos convertidos en uno hicieron más felices a la humanidad que cuando Jesús convirtió el agua en vino. Si yo fuera hincha del Bayern Munich, no podría hacer nada más que aplaudir y llenarme de felicidad y orgullo. “A mi equipo lo derrotaron con trampa”. De su lado estaba el mejor jugador el mundo. Desde que por allá los ingleses cogieron una pelota y empezaron a patearla, estoy seguro que nadie nunca había visto algo así.

No soy argentino, pero es tan su grandeza que me siento orgulloso de ser latinoamericano, la proximidad más mínima que tengo hacia ese ser. ¿Ser? No tengo ni idea cómo calificarlo. A Messi lo debería contratar la Mercedes o la Ferrari. ¿Cómo hace para hacer cambiar de ritmo, de velocidad a veintiún hombres más? Él tiene el control del tiempo y del espacio. Sufro espasmos en el cuerpo cuando el toma el balón y como si fuera la partícula de Dios genera la sensación que el campo de juego sea otro, que la vertiginosidad se convierta el protagonista y que simultáneamente las 80 mil personas que lo están viendo a su alrededor (ja, nervios cuáles) hagan que el estadio comience a temblar y a derrumbarse como un castillo de naipes.

Y nos alcahuetea. Queremos un gol de fuera del área, lo tenemos. Queremos un gol de izquierda, tenga. Queremos a un nivel 86 en FIFA 15 verse caer, tropezar y hundirse en el hueco de la desgracia y la humillación; tome. O queremos saber cómo el mejor arquero del mundo puede verse como aquél amigo gordo y fofo que siempre tapaba en el colegio, mientras observaba el balón elevarse encima suyo con la desesperación de no poder hacer nada y el entendimiento de que cualquier esfuerzo, lo hará quedar más en ridículo de lo que ya está.

Cuando tuve mi época de fiebre por Pink Floyd, recuerdo que solía verme The Wall una y otra vez con la singularidad de que cada vez que lo hacía, encontraba algo nuevo. Lo mismo me pasó con ese gol en el minuto 80. Llevo por hay unas catorce veces -sin contar las innumerables multi-tomas que nos ofrecen los productores- y en cada una noto algo distinto: un gesto, un movimiento, una cadera más desfigurada. Asimismo, presiento que algo va a cambiar, que él, con el poder que tiene, va a volver en el tiempo y hará el gol más hermoso. Bah, no puede. No puedes hacer Crimen de Gustavo Ceratti más bella. Simplemente la grandeza no tiene para dónde expandirse.

Por favor, sentemos a Platón, a Sócrates (tanto el brasileño como el griego), a Nietzche, a Kant, a Santo Tomás de Aquino, a Freud, a Gina Parody  que tantas explicaciones anda diciendo, a Aristóteles, a alguien que le pueda encontrar una lógica a lo que estamos viendo. Va más allá de la metafísica. Imagínense lo que puede llegar a hacer Cristopher Nolan con un sujeto así, dejaría a Interestellar como una película de caricaturas.

Iba a escribir sobre el contraste entre la Libertadores y la Champions. En cómo, a su propia manera, la genialidad de cada copa nos hace sentir el fútbol de un modo igual y desigual a la vez. Pero con la Capilla Sixtina que erigió un enano hoy en Barcelona, más le vale mañana a Osvaldo hacer 18 goles. Ni siquiera sé si alcanzaría.


Los tres de reposición de la semana: la izquierda de Messi, la derecha de Messi y Pep Guardiola, quien debió quedar satisfecho al apreciar que el discípulo venció al maestro.